6 formas en las que la meditación ha mejorado mi vida

La vida es un 10% lo que nos pasa, y un 90% el cómo reaccionamos a ello

Dennis P. Kimbro

 

Ya he dicho hasta la saciedad que no debes empezar a meditar con los resultados en mente. No hay forma más rápida y sencilla de fracasar.

La meditación es un proceso largo y a veces difícil. El premio sólo se lo llevan los más constantes, los disciplinados. Los que son capaces de superar las dificultades.

Si eres paciente y constante, es posible que un día empieces a notar ciertos cambios en ti. Unos notables, otros más discretos. Hoy te hablaré de unos cuantos que he notado yo.

Entenderás por qué ahora no concibo mi vida sin la meditación 🙂

 

Duermo mejor

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No es que lo ponga el primero por ser el más importante, pero dios, cuánto agradezco esto.

Mi cerebro era uno de esos tantos a los que se les antoja filosofar sobre el asunto de turno tan pronto como pones un pie en la cama.

Era casi mágico.

Menos medicamentos, probé de todo: colocarme en diversas posturas, controlar la temperatura, comer con antelación, actividad física…

Me metía en la cama, y los ojos como platos.

Hasta que empecé a meditar

Por supuesto, no fue algo inmediato, pero empecé a notar cómo era capaz de controlar mis pensamientos. O, mejor dicho, como evitar que ellos me controlaran a mí.

El diálogo interno ya no era tan fuerte como antes, y eso me daba algo de paz. Más tarde, empecé a incorporar escaneos corporales largos y me quedaba frito antes de terminarlos.

 

Soy más paciente

Creo que parte de mis problemas con el sueño eran producto de mi afán por la inmediatez. Tenía prisa hasta para dormirme y como no lo conseguía, me frustraba. Lo que hacía que me fuese aún más difícil, claro.

Este círculo vicioso empezó a desaparecer cuando ya llevaba algunos meses meditando. Sigo siendo impaciente, pero mucho menos.

Incluso cuando lo soy, experimento esa sensación en su plenitud. Recordemos que la práctica meditativa no sirve para reprimir las sensaciones negativas, sino para experimentarlas en toda su plenitud, sin juzgarlas ni poniéndole filtros.

Cuando soy impaciente, ahora lo soy plenamente. Reconozco que tengo poca paciencia y eso hace que esté constantemente en guardia. Pero la sensación ya no me domina, no deja cicatrices.

Veo las cosas de otra manera. Antes, cualquier tarea mundana era un mero obstáculo para llegar hasta el siguiente acontecimiento. Ahora he aprendido a detenerme.

Quizá suene extraño, pero he encontrado el placer de la rutina, de lo constante.

Me siento menos afectado por la prisa, y soy capaz de observar las cosas con mayor profundidad, en lugar de estar embotado con algún pensamiento.

 

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No me afectan tanto las emociones

Con esto no me refiero a la intensidad de las emociones. Esto no quiere decir que si meditas acabarás por convertirte en una piedra sin sentimientos.

En realidad, me refiero a los daños colaterales que tienen en nosotros ciertas emociones.

Sabes a lo que me refiero: las típicas situaciones en las que te enfadas con alguien o por algo y esa sensación se arrastra durante horas o días. A veces incluso más.

Pareces no poder liberarte a voluntad de ellas, y tan pronto como tienes un momento de paz, ahí están de nuevo.

Del mismo modo que el enfado, hay otro abanico de emociones que son completamente tóxicas y pueden llegar a causarnos estragos emocionalmente.

Es decir, está claro que la envidia, el sufrimiento o la ira no son buenos para nosotros. ¿Por qué no desembarazarnos de ellos?

Entrenar la ecuanimidad mientras meditamos nos ayuda precisamente con esto.

 

Tengo un mayor entendimiento de mí mismo

Yo era de ese tipo de persona que se enfada o frustraba por todo. Acumulaba más y más tensión dentro de mí, y luego estallaba un día casi sin saber por qué.

Quiero dejar esto bien claro: sigo siendo propenso a enfadarme o a ser impaciente. La diferencia está en cómo interpreto esas emociones, y en cómo las gestiono. Esas cualidades siguen formando parte de mi naturaleza (quizá con un par de miles de horas más de meditación constante…) pero ya no soy su esclavo.

Ahora sé cómo focalizar mi atención hacia mi interior. Mi humor ha mejorado bastante desde entonces: es mucho más estable y menos perturbable. También comprendo y localizo mucho mejor los orígenes de mis emociones.

Esta es una de las cosas más interesantes que he notado: prácticamente ninguna emoción se salva de pasar por mi filtro de atención plena.

Nada más aparece, sin importar cual sea (alegría, emoción, odio, envidia…) siento como emerge desde mi interior. Siento como, de forma automática, mi atención se focaliza en la emoción. Aunque en ese momento estuviera embotado con algo, la conciencia plena hace acto de presencia e intenta descifrar el origen de esa emoción.

Es fascinante observar cómo sucede, porque esto me permite saber en todo momento cómo me siento, y qué decisión debo tomar al respecto.

Como digo, no puedo evitar que ciertas emociones aparezcan. Pero ciertamente ahora es mucho más difícil para mi mente adueñarse de mí.

 

Tengo un mayor entendimiento de lo que me rodea

Del mismo modo que la conciencia se expande hacia el interior, también lo hace hacia el exterior.

Entiendo mucho mejor a las otras personas: veo más allá de la superficie. Esto hace que sea más empático con el resto.

Me ayuda a ver más allá de sus comportamientos, y a entender mejor por qué se comportan como lo hacen.

Hay veces que sentimos cómo una persona se pone a la defensiva con nosotros, e inmediatamente empieza a atacarnos. Cualquiera podría tomarse esto como un ataque personal, pero la realidad es que no sabemos cuál fue el desencadenante para que esa persona reaccionara de ese modo.

Tal vez tú no tienes nada que ver. Tal vez tuvo un mal día, recordó algo desagradable o malinterpretó tus palabras.

En este sentido, la atención plena te recuerda constantemente que no sabes, y no tienes por qué saber.

No sólo me refiero a las personas cuando hablo del exterior. También se ha aguzado mi sentido y mi gusto por los detalles, por la belleza de las cosas.

Parece una tontería, pero a menudo pasamos por alto muchos de estos detalles: el olor a la tierra mojada, cómo cambia de color el paisaje con el paso de las estaciones, un artista callejero…

Las cosas sencillamente ganan nuevas tonalidades de colores. Se hacen más interesantes, incluso las que antes pasaban desapercibidas.

Bueno, especialmente esas.

 

Siento momentos de plena conciencia

Hagamos lo que hagamos, siempre solemos tener el monólogo interno de nuestra mente activado. No se calla jamás.

Incluso sin la meditación, uno puede experimentar un breve momento de plena conciencia. Sucede cuando, de repente, nos percatamos de nuestra existencia y nuestra mente se sobresalta.

Por un instante, está tan sorprendida que se calla; se sume en el silencio. Como cuando pillas a un niño en medio de la travesura.

Con entrenamiento —es decir, meditando— podemos aumentar la frecuencia de estos momentos. Podemos desactivar el parloteo incesante de la mente y sumirnos en el silencio.

Hay algo extrañamente placentero en el silencio, y creo que es justo esta experiencia la que me a unido a mi práctica meditativa.

Creo que cualquiera que haya llegado a experimentar lo que intento explicar, se habrá dado cuenta en ese momento de que meditaría por el resto de su vida.

Es una experiencia tan sencilla, pero tan intensa…

Por un instante, tu mente desaparece. Dejas de ser tu mente; y con ella se van todos los filtros, todos los pensamientos; todo el ruido.

Sólo quedan tú y el silencio.

 

 

Y luego están todas esas cosas que no he notado, pero que están ahí. La meditación me ha cambiado en absolutamente todos los sentidos, y lo seguirá haciendo.

Sólo estamos empezando.

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